Si TU cambias, ¿YO estaré bien?

«Ella tiene que ver que no puede seguir así», «no es lógico que actúe de este modo, se lo he dicho muchas veces y no me hace caso», «es que no reacciona». Algunas de estas frases suenan como ecos en las cuatro paredes de mi consulta. A menudo iniciamos un proceso de cambio, pero sin querer mover nada, y esperando que el coach o terapeuta nos ayude a hacer cambiar al otro.

Muchas personas empiezan el proceso esperando que alguien «cualificado» les dé la razón definitiva en sus discusiones con los demás. Y llegan, no para cambiar ellos, sino esperando que les ayude a encontrar esas palabras mágicas que producirán la reacción definitiva del otro. La primera decepción viene cuando les digo que el otro tiene todo el derecho del mundo a comportarse como es y a seguir estando donde quiere estar. La pregunta es, ¿Quieres seguir siendo amigo/amante/compañero de alguien que actúa de este modo que tanto te molesta? Y allí está la dificultad, es mucho más sencillo pretender que el otro cambie que no plantearme yo, si quiero seguir cerca de esa persona respetándola como es. Cuando tomamos conciencia de esto, en primer lugar sentimos tristeza, tristeza por la pérdida sobre el ideal del otro. Sobre lo que esperábamos que fuera el otro.

Pero en segundo lugar, después de esa tristeza que nos ha ayudado a abandonar la idealización, las pretensiones, las máscaras que esperábamos que se pusiera, podemos empezar a amar lo que es.  No aquello que nos gustaría que fuera, sino aquello que es. Y en ese momento pueden pasar dos cosas, que decida no seguir a su lado, o que por primera vez, me ponga cerca suyo. Amando lo que realmente es, y no lo que yo esperaba que fuese.

Os voy a poner un ejemplo inspirado en un caso real, con los nombres y las situaciones modificadas.

«Júlia estaba muy molesta con su marido. Él no se expresaba de una forma cariñosa con ella. Ella llegó a la consulta enfadada, sintiendo que su relación no funcionaba y explícitamente pedía ayuda para cambiarlo a él, a que juntos hiciéramos que su marido expresase su cariño de una forma más explícita, ya que es lo que ella deseaba. Durante el trabajo, Júlia fue pasando del enfado a la tristeza a medida que se daba cuenta que su marido estaba a gusto con su forma de ser, y que ella tenía que decidir si lo bueno de Enrique le sumaba más. Curiosamente, cuando Júlia tomó conciencia de que no le podía exigir el cambio, como mucho le podía expresar sus necesidades, algo en su mirada cambió. Enrique se levantaba muy temprano siempre para ir a trabajar, un día ella se despertó a la misma hora, y sin abrir los ojos sintió como su marido la arropaba cariñosamente. Eso la dejó sorprendida, habitualmente dormía y no se había dado cuenta nunca de ese detalle. Otro día, oyó como quedaba con un amigo suyo por teléfono y le decía «a esa hora no que es muy tarde y quiero llegar temprano a casa para cenar con mi mujer». Poco a poco, Júlia, fuera de sus exigencias empezó a observar a Enrique y a descubrir que estaba mucho más cerca de ella de lo que pensaba, que realmente era ella la que se había alejado con sus exigencias. Enrique no era explícitamente cariñoso con ella, es verdad, pero al estar ella centrada en eso, había dejado de ver el resto. Curiosamente, eso la hizo sentir más cerca de él, y por una de esas casualidades mágicas de la vida, Enrique, empezó a mostrarse más cariñoso con ella de forma explícita. Ya no era una exigencia, ahora él podía moverse con libertad. Y cuando Júlia respetó a Enrique sus corazones empezaron a latir al mismo tiempo«.

No todas las historias acaban igual de bien, algunas Julias acaban yéndose, y está bien. Otras Julias, no acaban aceptando y se quedan en el enfado esperando que algún día el otro cambie, sin disfrutar lo que tienen ni buscar otra relación que sientan más cercana.

 Si tienes que irte vete, y si quieres quedarte adelante. Pero no me pidas que cambie para que te quedes, ya que si lo hago para complacerte, voy a tener que distanciarme de mi para acercarme a ti, y entonces, nuestros corazones no podrán latir juntos. El amor no vive de exigencias, vive de la presencia, del latir al unísono, de la aceptación  incluso de lo que no me gusta de ti, porque para ti está bien, y acepto que lo esté. Y yo decido si me quedo o me voy, autoresponsabilizándome de mi elección.   

Isaac Palomares

Psicólogo sanitario (número de colegiado 24.677) y tengo una experiencia de 15 años dedicándome a la relación de ayuda. También estudié coaching y periodismo.

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