La calma: rendición que me abriga

A veces me siento agitado, voy de un lado hacia otro, dejo tareas a medias, me enfado con facilidad, todo me parece difícil, voy rápido, quiero hacerlo todo y no hago nada. Otras veces me siento pausado, como el punto y seguido de un párrafo al azar, esperando sin esperar nada; tomo aire, voy lento, siento lo que hago, lo que soy y lo que digo; el mundo me parece un lugar sencillo y siento una luz interna que me guía. Estoy en calma. 

La RAE define la calma en su primera acepción como “el estado de la atmósfera cuando no hay viento”. No necesito otra definición más psicológica. Me parece maravilloso este significado tan metafórico. La calma como ausencia de viento. El viento como ruido, pensamientos, inquietud, angustia, movimientos bruscos, peligro, ansiedad, prisa, irritabilidad, desorden, discusiones, poder, búsqueda de la razón,… 

Puedo definirte la calma con aquello que es y con lo que no es. 

Es quietud, que no inestabilidad,

 paz, que no guerra,

calidez, que no frialdad,

aceptación, que no ira,

valentía, que no miedo,

abrigo, que no abandono,

cuidado, que no vergüenza,

apertura, que no testarudez,

comprensión, que no imposición.

Pero, sobre todo…

la calma es rendición.

Mucha gente se rebota con la palabra rendición, quieren diferenciarla de la aceptación para poder luchar por aceptar y olvidarse de la idea de rendirse. Normal. Es muy complicado rendirse con un ego orgulloso. Y qué difícil alcanzar la calma sin ser capaz de entregarte al momento, a la vida, a la situación, a lo que existe. ¿Y cómo puedes entregarte sin rendirte? Imposible. Para mí, la calma es una entrega absoluta a lo que acontece, al momento presente, a lo que marca tu cuerpo.

Muchas personas me dicen: “dejar de luchar jamás”. Solo saben pelear con la vida, mejorarse a través de la lucha. Pero hay otro modo de alcanzar la calma interior: la rendición. Poca gente me entiende cuando llega a la consulta y le cuento cosas parecidas. Quieren seguir luchando, haciendo lo mismo que les llevo a enfermar. Yo les digo “no se trata de que lo entiendas, se trata de que dejes de hacer presión para que las cosas puedan suceder de forma natural”.

Una flor no lucha, se rinde y permite que su naturaleza la haga florecer. Me encantan las flores. ¿Has visto alguna flor ansiosa?

Yo me rindo frente al abrazo de mi madre, me rindo frente a la sonrisa de mi pareja, me rindo frente al paciente que no quiere cambiar, me rindo frente a mis errores, me rindo cuando trato dejar de luchar y no lo consigo, me rindo cuando una amiga me llama, me rindo frente a una dieta imposible, me rindo frente a la inquietud. Me rindo frente a un mundo que es el que es, y no el que me gustaría que fuera.

Y al rendirme, algo prende en mí, una especie de luz liberadora, una comprensión más profunda de la realidad que me permite cambiar a mí y a la propia realidad.

Rendirme no es parar. Rendirme es arrodillarme frente a una vida que es enorme, usando las palabras de Héctor Sevilla: asombrarme frente al absoluto. Un absoluto inalcanzable, que me ancla aún más en mi nimiedad, mi humildad, mi imposibilidad. Y no es una actitud nihilista, porque no me constriñe, me expande.

La calma nunca llegará de fuera, la calma siempre es una expresión interna que refleja tu relación con la vida, con el absoluto.

¿Cómo te llevas con la vida?

Te abrazo,