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La agridulce nostalgia

Cuando tenía unos 12 años me prometí que siempre disfrutaría de la Navidad. Oía a gente mayor decir que eran fiestas para los más pequeños, que las ausencias generaban mucho dolor. Entonces yo pensaba: “ostras, ¿y las presencias? ¿Por qué lo ausente ocupa más espacio que lo presente?” Y yo, que era un enamorado de la Navidad, pensaba que pasase lo que pasase iba a mantenerme alegre y feliz por estas fechas. Pensé que siempre encontraría gente con la que rodearme y disfrutar. Para mí el concepto de familia es muy importante, amo a mi familia más cercana y también a la que he elegido, mis amigos.

Recuerdo, cuando era adolescente que pensé “mis padres se irán, y las parejas, en muchas ocasiones, no son para siempre” así que imaginaba mis Navidades futuras con mi amiga Meri, fantaseábamos sobre ello. Pero fue una de las primeras personas que arrebataron de mi vida, se fue, después de un tiempo enferma. Una bofetada de realidad, la vida manifestándose en toda su crudeza.

Y este año las Navidades son extrañas, de obligada soledad cuando más precisas compañía. Inevitablemente, y más este año, la nostalgia se pone en marcha. Es un sentimiento algo extraño, para mí se parece a ese picor que sabes que no te beneficia rascar, pero sigues haciéndolo porqué en el fondo genera un punto de placer. El placer que existe en el propio dolor y nos recuerda que nada es uniforme. 

Pero es que la nostalgia es un sentimiento agridulce, es felicidad pasada, un recuerdo congelado en el presente, es dolor por haber gozado, es la experimentación en propia carne del paso del tiempo, el desafío de la vida que no para ni un segundo. 

La nostalgia es mirar tu pasado y decir “si, fui feliz”. Y no quiere decir necesariamente que ahora no lo seas, solo que aquello que sucedió nunca volverá, y en eso se basa la nostalgia, en saber que esa felicidad se fue para siempre, pero también que existió. 

En mi caso, no hay mayor nostalgia que una canción de Mecano, en un Opel corsa de los años 80, con mi cabeza en las piernas de mi madre, mi hermana en el otro asiento y mi padre conduciendo de vuelta de Villores, el pueblo donde pasaba los veranos. Esos recuerdos se entremezclan con momentos de mi adolescencia o del inicio de mi edad adulta. ¿No te pasa a ti también?

A eso se le suma que la nostalgia lleva un ingrediente añadido, la toma de conciencia  del inexorable paso del tiempo. Un tiempo que, además, cada vez pasa más rápido. Da igual la edad que tengas, porqué siempre sentirás que el tiempo pasa cada vez más rápido.

Cuando tenía 10 años, 10 años me parecían una auténtica eternidad, y ahora que estoy a pocos años para llegar al ecuador de mi vida, 10 años empiezan a parecerme un instante.  Eso me provoca a veces un lío de movimientos temporales, entre lo que pasó, y lo rápido que pasa el tiempo. Esto último me traslada a un futuro con nostalgia de mi presente actual. Un juego de tiempos verbales que me vuelve loco. 

En un tiempo que es menos lineal de lo que parece sobre papel. Este es el problema del tiempo, que se disfraza de objetivo y eso me confunde, ¿a ti no te pasa?

Recuerdo a mis padres con mi edad, hablándome de su infancia. Y a mí me venían imágenes en blanco y negro de sus recuerdos, como si entonces se viviera sin colores. Y ahora yo veo mi infancia y me parece ayer, y sé que cuando tenga de nuevo la edad de ellos, mi infancia me seguirá pareciendo ayer. Porque lo veo en los ojos de mis padres, y hasta de mi abuela, cuando hablan de su niñez, para mí muy lejana, en blanco y negro, para ellos fruto del ayer. 

Y luego el momento presente. Porqué todo esto ocurre en el momento presente. Y no quiero huir de la nostalgia, me gusta, me apetece rascarme un rato la herida y disfrutar de todo lo que ya disfrute, de una nueva manera. Como dice Gabriel García Márquez “la vida no es lo que hemos vivido, sino aquello que recordamos y cómo lo recordamos para contarlo”.

De hecho, este artículo y esta nostalgia, me han servido hoy para recordar esa promesa que un día con 12 años me hice. Me quedan aún unos días de Navidad, en este año extraño, más solitario, más vulnerable, con más ausencias que presencias. Pero con un corazón dispuesto a traspasar todo espacio físico. ¿Si somos capaces de traspasar el tiempo, no lo vamos a hacer con el espacio físico?

Después de dos meses actualizando semanalmente el blog me apetecía escribir este artículo más personal. Siento que nuestra relación se va afianzando. La mía desde aquí, la tuya desde tu casa. Te imagino leyendo estas palabras que por azar decidí unir, sentada en tu butaca con una bebida caliente, o en la cama antes de cerrar los ojos, o por la mañana cuando la luz te ha despertado. Y de golpe te metes en mi vida, con una respuesta, compartiendo el artículo, con un mensaje privado o con un comentario cuando me ves. Y en ese momento, siento que nos tocamos, o incluso más, que nos fundimos en un abrazo. Porqué lo que tu lees ahora, tu presente, es ya mi pasado. Y en este instante pasado y presente se funden, también tú y yo, sin distancia ni tiempo. Sea como sea, Feliz Navidad.

Te abrazo,