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Retorciendo palabras…

Fangoria puso este título a una de sus canciones. En ocasiones retorcemos las palabras hasta convertirlas en dardos envenenados (ves, lo acabo de hacer, esta metáfora es un tanto radical). Palabras que son de todo menos inocentes. No estoy de acuerdo con que el dolor que te producen las situaciones sea únicamente un tema de perspectiva. No solo es aquello que te dices, también es lo que te sucede. Si alguien te corta un dedo no vas a encontrar una forma bonita de vivir esa experiencia. Dolerá y mucho.

Ya sabes que a mí no me gusta el dogma radical y que soy más partidario de los grises. El dolor que sientes frente a la situación no es solo la forma de vivirlo: es un poco lo que te está pasando y también como lo estás viviendo. En función de lo intensa que sea la situación externa, será más una cosa o la otra. No hay forma buena de vivir la muerte de un hijo, ni la separación de alguien a quien amas. Otra cosa es que tu capacidad de resilencia te ayude a transitarlas, a convivir con ellas o incluso a trascenderlas. 

Dicho esto, me gustaría dedicar el artículo de hoy a las palabras que usamos para intensificar la situación. 

Juan tiene una vecina que pone la música a todo volumen durante diversas horas del día. Esto le molesta, pero cuando empieza a pensar en ella, acaba agravando la situación: “es una mujer egoísta”, “seguro que lo hace para molestar” – y él solito va aumentando su enfado – “debería darse cuenta de que no puede actuar así”, “seguro que lo hace para joder”, “esta tía es una chunga, si ni saluda”, “por mi familia no puedo consentir esto”. Mientras, la vecina está en su casa bailando y gozando las últimas canciones de su cantante favorito, ajena al ataque de rabia del vecino.

Cris está enfadada consigo misma porque no consigue dormir. Se va a la cama y se insulta “eres tonta por no saber dormir”, “mañana no podrás hacer nada”, “quien no duerme acaba muriendo”,…

A Pablo le ha dejado su pareja y está muy triste, se dice cosas como “no volveré a enamorarme nunca más”, “me quedaré solo para siempre”, “no se estar en pareja y siempre me dejan”,…

Luisa está enfadada con su madre porque ha sentido ciertos desplantes por parte de ella y se dice “ninguna madre actuaría como ella”, “así es como ser huérfana”, “debería respetarme y tenerme más en cuenta”,…

Lo que tienen en común estas situaciones es que todos los protagonistas retuercen la realidad a través de sus palabras para hacerla más difícil. Pueden ser conscientes de sus necesidades: Juan puede poner límites sin necesidad de enfadarse con la vecina. Cris puede preocuparse sobre su sueño y buscar soluciones, sin necesidad de magnificar lo que ocurre, Pablo puede vivir su tristeza sin avanzarse a lo que va a venir y desdramatizar, Luisa puede entrar en contacto con su enfado o tristeza sin comparar a su madre con un ideal.

En todos los ejemplos hay dolor, pero no es necesario añadir dolor al dolor retorciendo palabras para crear una realidad aún más difícil.

Te animo a que cuando sientas que entras en un momento de sufrimiento, te preguntes si lo que te dices sobre la situación lo reduce o lo empeora. ¿Tu discurso interno te calma o te inquieta?

Te abrazo,