Abro el WhatsApp en uno de esos ratos disponibles para ello y el primer mensaje que me encuentro es: “tengo FOMO”. Me lo manda una amiga que ha sido madre hace un año. Pero unas semanas antes, otra amiga a la que se le acumulan los planes me dijo “yo como tengo FOMO…”. En la consulta algunas pacientes han usado el mismo término. Todas ellas tienen algo en común además de FOMO, ninguna intención de dejar de tenerlo. FOMO viene de la expresión inglesa “fear of missing out” que significa miedo a perderse algo, y es una expresión que se ha popularizado entre los más jovenes.
También yo a veces tengo FOMO: entro en instagram en uno de mis ratos libres y descubro a mis amigos en una comida, una cena o una quedada de la que yo no tenía constancia, en ese momento, pongo el dedo pulgar sobre la pantalla del móvil para que la historia quede detenida y así descubrir quién está. Mi mente empieza a divagar sobre las razones por las que yo no estoy allí: “¿No he sido invitado?”, “¿sabían que trabajaba?“, “¿han quedado lejos de mi casa?”, “¿ha sido espontáneo o programado?
Entonces empiezo a revisar los mensajes anteriores de los diferentes grupos, quiero ver si no lo vi o no me invitaron. Descubro que se dijo en una de las decenas de grupos que tengo. Pienso que “se me pasó” y me calmo por un instante. Pero al ver sus caras de felicidad en instagram vuelvo a ponerme nervioso: ¿Me he perdido una cita importante por no estar suficientemente pendiente del móvil?
La lógica capitalista no está únicamente presente en cómo trabajamos sino, sobre todo, en cómo vivimos. Hemos sido secuestrados por el mercado, ya no vivimos situaciones, las consumimos, no explicamos nuestras aventuras, hacemos marketing a través de las redes. No tenemos citas para conocer a nadie sino que hacemos entrevistas de selección de personal. No vamos a los restaurantes a comer sino que nos convertimos en críticos gastronómicos. Y en muchas ocasiones, no quedamos con nuestros amigos porque nos apetezca verlos, sino para no perdernos nada.
El hacer está desplazando el ser a marchas forzadas, incluso si queremos estar en calma compramos situaciones y productos que nos aporten esa calma en vez de cultivarla en silencio.
Mi amiga madre está disfrutando de su materinadad y redescubriendo vivir más lentamente, pero a pesar de eso, hay una parte de sí misma que se lo impide, se olvida que vivir es también perderse cosas. Mi otra amiga tiene una vida llena de planes y no se da cuenta que estar en todas partes es no estar en ningún sitio. Y yo, que quiero enlentecer mi vida, tengo que luchar con años de condicionamiento social que me empujan a hacer sin parar.
El problema de todos nosotros es que nuestro miedo a perdernos cosas nos impide, incluso, perdernos el FOMO.
Te abrazo,
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Nunca uso historias personales de pacientes sin pedirles permiso, si te ves reflejado puede ser por casualidad.