La calma de lo cotidiano

Cortaba el pimiento verde en trocitos pequeñitos y regulares para los fideos a la cazuela que estaba preparando mientras sentía calma, me encontraba a gusto. Había pasado por el mercado y comprado los ingredientes necesarios para preparar este plato típico de la cocina catalana. En mi mente aparecía la misma frase una y otra vez: “lo simple y ordinario”.

A mi madre le gusta jugar con el tarot de Osho, una de sus cartas se llama “lo simple y ordinario”. Siempre me había parecido la carta más aburrida de la baraja. Ahora, empieza a tener sentido para mí. Como si se tratara de un eco, y mientras sofreía tranquilamente el tomate, iba resonando en mi cabeza “simple”, “ordinario”.

En la carta aparece una mujer caminando por un campo lleno de flores y árboles. Ella está recolectando las plantas que se encuentra en su camino. Nada más y nada menos.

Hoy me había cogido fiesta, así que aproveché para ir al gimnasio nada más levantarme, luego me compré el diario y lo leí mientras desayunaba en una terraza al lado de una pareja de jubilados que tomaba el mismo sol que yo.

Creo que tratamos de hacer cosas para estar en calma sin darnos cuenta que no es hacer más, sino hacer menos lo que nos devolverá la tranquilidad. En la sociedad del estrés y el cansancio llenamos las agendas hasta para hacer cosas que nos den paz y no nos damos cuenta que no se trata de llenarnos más sino de vaciarnos. 

Para estar en quietud algunas personas se van de retiro, practican meditación durante horas o piden hora para recibir un masaje. Todo esto está muy bien, pero no sirve de nada si no cultivamos la calma en nuestras actividades diarias. Si la seguimos agendando quedará acotada a ese momento y ya. Tendrás una cita con la calma dentro de tu vida estresada.

Puedes pensar que es muy sencillo hacer esto un día de fiesta, pero mí no lo era. Hace solo un mes, mi día hubiese sido completamente diferente: me hubiera levantado y habría cerrado cosas que tenía pendientes de trabajo, luego habría ido corriendo al gimnasio mientras contestaba unos whatsapps e iniciaba nuevas conversaciones, después hubiese salido tarde de hacer ejercicio, así que habría pasado por el super – para ir rápido – a comprar algo para comer. Hubiese preparado ese plato, mientras consultaba las noticias del día en un diario, luego en otro, después en otro y a su vez, contestaba las conversaciones que yo mismo había iniciado en el WhatsApp mientras preparaba la comida con el fuego al máximo para tenerla cuanto antes mejor. Algunas de las noticias me habrían irritado, las conversaciones me habrían abstraído de lo que estaba haciendo, llevando mi atención de un lado a otro. 

¿Puedes ver las diferencias? Esto sólo con reducir la atención sobre el móvil y la vida virtual. Recuperar mi atención en lo simple y ordinario. Con el diario en papel, sentía que volvía a profundizar en la información, podía leer tranquilamente artículos de opinión, gente que me contextualizaba lo que me explicaba, notaba el placer por estar plenamente presente frente a un conjunto de palabras impresas y no delante de una pantalla. Mi atención era de mi propiedad: yo la controlaba, yo la dirigía.

Probé el caldo de los fideos y decidí dejar que el agua se redujera un poco más. Mientras, aproveché para tender tranquilamente una lavadora. Volví a saborearlo y pensé en dejarlo aún un ratito más a fuego más lento todavía, tan lento como conseguí sentir mi vida en ese instante. Mientras el caldo reposaba pude leer un poquito el libro que tenía entre manos y agradecer haber conectado con lo más simple y ordinario del vivir, hacerme cargo tranquilamente de mi mismo.

Después puse los fideos, esperé a que llegara mi pareja y comimos. Que rico quedaron, que gusto da todo lo cocinado a fuego lento. 

Te abrazo,

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Isaac Palomares

Psicólogo sanitario (número de colegiado 24.677) y tengo una experiencia de 15 años dedicándome a la relación de ayuda. También estudié coaching y periodismo.

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