Cómo calmar un ataque de ansiedad o de pánico
La psicología de la calma ofrece un recorrido para tratar el ataque de ansiedad
Un ataque de ansiedad o un ataque de pánico es una de las experiencias más intensas que puede vivir una persona. Quien nunca lo ha sufrido suele imaginarlo como un episodio de nerviosismo especialmente intenso. Sin embargo, quien lo ha experimentado sabe que la sensación es muy diferente. Durante unos minutos, el organismo entero parece descontrolarse. El corazón se acelera, la respiración cambia, aparece una intensa sensación de ahogo, el pecho se oprime y la mente comienza a formular una pregunta aterradora: «¿Y si me estoy muriendo?».
No es extraño que muchas personas acudan por primera vez a un servicio de urgencias convencidas de que están sufriendo un infarto, un ictus o algún otro problema médico grave. Lo que sienten es tan intenso que resulta difícil creer que todo forme parte de un ataque de ansiedad. Y, sin embargo, tras realizar las exploraciones oportunas, los resultados suelen indicar que no existe ninguna enfermedad física que explique lo ocurrido.
Esta situación suele generar todavía más desconcierto. Si el corazón está sano, si los pulmones funcionan correctamente y si todas las pruebas son normales, ¿por qué el cuerpo reacciona de esa manera? ¿Por qué aparece la sensación de que la vida corre peligro cuando, aparentemente, todo está bien?
Responder a estas preguntas constituye uno de los primeros pasos para recuperar la calma. Cuando comprendemos qué está ocurriendo en nuestro organismo dejamos de interpretar cada síntoma como una amenaza y comenzamos a relacionarnos con él desde un lugar mucho más seguro.
¿Qué es un ataque de ansiedad o un ataque de pánico?
Aunque en muchas ocasiones se utilizan como sinónimos, los términos ataque de ansiedad y ataque de pánico hacen referencia a un episodio de activación muy intensa del organismo que aparece de forma brusca y alcanza su máxima intensidad en pocos minutos. Durante ese tiempo, el sistema nervioso actúa como si tuviera que responder inmediatamente a una amenaza muy importante, aunque objetivamente esa amenaza no exista.
Desde fuera puede parecer que la reacción no tiene sentido. Sin embargo, desde el punto de vista del organismo sí lo tiene. Nuestro cuerpo ha evolucionado durante miles de años para reaccionar rápidamente ante el peligro. Cuando interpreta que nuestra vida puede correr algún riesgo, pone en marcha un conjunto de respuestas automáticas destinadas a aumentar nuestras posibilidades de supervivencia. El corazón bombea sangre con mayor intensidad para preparar los músculos para la acción. La respiración se acelera para aportar más oxígeno al organismo. Los sentidos se vuelven más sensibles y la atención se concentra casi por completo en aquello que considera una posible amenaza.
El problema no es que el organismo haga todo esto. El problema aparece cuando activa este mecanismo sin que exista un peligro real al que responder.
Desde la Psicología de la calma no entendemos el ataque de ansiedad como un fallo del cuerpo. Lo entendemos como un mecanismo de protección que se ha activado de manera desproporcionada. El organismo no está intentando hacernos daño. Todo lo contrario. Está intentando protegernos utilizando un sistema de alarma que, en ese momento, interpreta erróneamente que existe un peligro.
Este cambio de perspectiva resulta fundamental. Muchas personas llegan a consulta sintiendo que su propio cuerpo se ha convertido en un enemigo imprevisible. Tienen la sensación de que puede traicionarlas en cualquier momento y desencadenar un nuevo ataque. Sin embargo, el trabajo terapéutico comienza precisamente ayudando a recuperar la confianza en el organismo. Porque resulta muy difícil vivir con calma cuando sentimos que el lugar donde habitamos —nuestro propio cuerpo— se ha convertido en un espacio inseguro.
¿Qué se siente durante un ataque de ansiedad?
Aunque cada persona lo experimenta de una manera diferente, la mayoría describe sensaciones físicas muy similares. Es habitual notar que el corazón late con muchísima fuerza o muy deprisa, experimentar presión u opresión en el pecho, sentir que falta el aire o que cuesta respirar profundamente, marearse, temblar, sudar o percibir un intenso hormigueo en las manos, los pies o la cara. Algunas personas sienten náuseas, molestias digestivas o una extraña sensación de irrealidad, como si el mundo que las rodea hubiera dejado de resultar familiar.
Todos estos síntomas pueden aparecer juntos o solo algunos de ellos. Lo importante es comprender que forman parte de una misma respuesta fisiológica. No son señales de que el organismo se esté rompiendo. Son las manifestaciones de un sistema de alarma que ha decidido prepararse para sobrevivir.
Precisamente por eso suelen resultar tan convincentes. Si nuestro corazón se acelera de manera intensa, es lógico que la mente piense en un infarto. Si sentimos que nos cuesta respirar, resulta comprensible creer que nos falta el aire. Si aparece un mareo intenso, no es extraño pensar que vamos a perder el conocimiento. El problema no es tener esos pensamientos. El problema es que los interpretamos como si describieran exactamente lo que está ocurriendo.
Y es ahí donde comienza el círculo que mantiene el ataque de ansiedad.
El círculo del miedo
Una de las características más importantes del ataque de ansiedad es que, en muchas ocasiones, no comienza con un pensamiento catastrófico. Esta diferencia es importante porque muchas personas buscan desesperadamente qué idea provocó el ataque y no consiguen encontrar ninguna.
Con frecuencia lo primero que aparece es una sensación corporal completamente normal. Quizá el corazón se acelera ligeramente después de subir unas escaleras. Tal vez el calor hace que la respiración cambie durante unos segundos. O simplemente el organismo produce una de las múltiples variaciones fisiológicas que ocurren continuamente sin que seamos conscientes de ellas.
La diferencia es que una persona que ha desarrollado ataques de ansiedad presta mucha atención a esas señales. En lugar de interpretarlas como cambios normales del organismo, comienza a preguntarse si podrían significar que algo grave está ocurriendo.
En ese instante aparece el miedo.
Y ese miedo hace que el propio organismo aumente todavía más su nivel de activación.
El corazón se acelera más.
La respiración cambia todavía más.
La tensión muscular aumenta.
La sensación de peligro crece.
Y, como consecuencia, la mente interpreta que si los síntomas están aumentando es porque realmente ocurre algo grave cuando en realidad sucede exactamente lo contrario.
No son los síntomas los que indican que existe un peligro. Es el miedo a los síntomas lo que hace que el organismo continúe aumentando la respuesta de alarma.
Comprender este proceso suele producir un enorme alivio. Muchas personas descubren por primera vez que el ataque de ansiedad no aparece porque su corazón esté enfermo ni porque su cuerpo haya dejado de funcionar correctamente. Aparece porque el propio miedo a las sensaciones físicas termina amplificando la respuesta del organismo hasta convertirla en un auténtico ataque de pánico.
Y esta comprensión abre una posibilidad completamente diferente. Si el problema no es el corazón acelerado, sino la relación que establecemos con esas sensaciones, entonces el tratamiento ya no consiste en controlar continuamente el cuerpo, sino en aprender a confiar de nuevo en él.
El cuerpo: volver a sentir que nuestro organismo es un lugar seguro
Después de uno o varios ataques de ansiedad ocurre algo que suele pasar desapercibido y que, sin embargo, constituye uno de los mayores problemas. La persona deja de confiar en su propio cuerpo.
Antes del primer ataque apenas prestaba atención a cómo latía su corazón, a su respiración o a cualquier otra sensación física. Sabía, aunque nunca lo hubiera pensado explícitamente, que su organismo funcionaba correctamente. Sin embargo, después de experimentar un ataque de pánico esa confianza desaparece. El cuerpo deja de percibirse como un lugar seguro y comienza a vivirse como una amenaza imprevisible.
Muchas personas describen esta sensación con enorme claridad. Explican que ya no tienen miedo únicamente al siguiente ataque de ansiedad, sino a su propio organismo. Viven pendientes de cualquier cambio en la respiración, de cualquier palpitación, de cualquier mareo o de cualquier sensación diferente porque sienten que podría ser el comienzo de un nuevo episodio.
Sin darse cuenta, comienzan a vigilar constantemente su cuerpo y cuanto más lo observan buscando señales de peligro, más señales encuentran.
Nuestro organismo está cambiando continuamente. El corazón no late siempre a la misma velocidad. La respiración tampoco es exactamente igual durante todo el día. La temperatura corporal varía, aparecen tensiones musculares, pequeñas molestias digestivas o cambios completamente normales que forman parte del funcionamiento cotidiano del cuerpo.
La mayoría de las personas apenas presta atención a estas variaciones. Sin embargo, quien vive con ataques de ansiedad las interpreta como posibles señales de alarma. Ese cambio de interpretación es suficiente para que el organismo vuelva a activar el mecanismo de supervivencia.
Por este motivo, desde la Psicología de la calma no trabajamos intentando eliminar cualquier sensación física. Si ese fuera el objetivo, la persona tendría que pasar el resto de su vida comprobando continuamente si su cuerpo se comporta exactamente como espera. Y eso no solo sería imposible, sino que mantendría la ansiedad.
El objetivo es mucho más profundo: consiste en recuperar una relación de confianza con el organismo. Aprender que el corazón puede acelerarse sin que eso signifique un infarto o que la respiración puede cambiar sin que estemos dejando de respirar. Que un mareo ocasional no implica necesariamente una enfermedad grave y que nuestro cuerpo continúa intentando protegernos incluso cuando se equivoca al interpretar el peligro.
Este trabajo encuentra gran parte de su fundamento en la regulación corporal, la psicología del trauma y la exposición experiencial. No pretendemos convencer intelectualmente a la persona de que está segura. Buscamos que sea el propio organismo quien vuelva a experimentar esa sensación de seguridad una y otra vez hasta que deje de responder automáticamente con un ataque de pánico.
En este sentido, uno de los cambios más importantes no consiste en que desaparezcan todas las sensaciones físicas. Consiste en que esas sensaciones dejan de provocar miedo. Y cuando el miedo desaparece, el organismo ya no necesita seguir aumentando la respuesta de alarma.
La mente: comprender los pensamientos sin creerlos
Durante un ataque de ansiedad aparecen pensamientos que resultan extraordinariamente convincentes. No porque sean ciertos, sino porque el organismo está viviendo una activación tan intensa que la mente necesita encontrar una explicación para lo que está ocurriendo.
Existen dos pensamientos especialmente frecuentes:
- El miedo a morir.
- El miedo a perder el control o volverse loco.
Prácticamente todas las personas que han sufrido ataques de pánico reconocen alguno de ellos. Mientras el corazón late con fuerza y el cuerpo parece descontrolarse, la mente concluye que aquello solo puede significar una de esas dos cosas.
Sin embargo, estos pensamientos forman parte del propio ataque de ansiedad. No anuncian el futuro ni describen una realidad objetiva. Son intentos de la mente por explicar una experiencia física extremadamente intensa.
Desde la Psicología de la calma trabajamos esta dimensión inspirándonos principalmente en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). El objetivo no consiste en discutir con la mente ni en obligarla a pensar en positivo. Tampoco pretendemos convencerla de que nunca volverá a producir esos pensamientos.
La mente seguirá generando dudas porque esa es una de sus funciones. Lo que cambia es nuestra forma de relacionarnos con ellas. Poco a poco la persona aprende a reconocer que puede escuchar el pensamiento «me voy a morir» sin convertirlo automáticamente en una certeza. Descubre que también puede observar el miedo a perder el control sin actuar como si realmente estuviera ocurriendo.
Cuando esta capacidad de tomar perspectiva comienza a desarrollarse, el ataque de ansiedad pierde una parte muy importante de su fuerza. El organismo puede seguir produciendo determinadas sensaciones, pero la mente deja de interpretarlas como una prueba irrefutable de que algo terrible está sucediendo.
El corazón: recuperar la vida que la ansiedad fue estrechando
Quizá el mayor coste de los ataques de ansiedad no sea el propio ataque sino la vida que poco a poco dejamos de vivir.
Después de varias crisis muchas personas comienzan a organizar su existencia intentando evitar cualquier situación que pueda desencadenar un nuevo episodio. Dejan de conducir, rechazan viajes, evitan centros comerciales, renuncian al transporte público o necesitan ir siempre acompañadas. Algunas llegan incluso a sentirse seguras únicamente dentro de casa.
Cada evitación proporciona un alivio inmediato. Y precisamente por eso resulta tan peligrosa porque confirma la idea de que el mundo exterior es el problema y de que solo estaremos seguros si reducimos cada vez más nuestra vida.
Desde la Psicología de la calma entendemos que el objetivo del tratamiento no consiste únicamente en disminuir los ataques de ansiedad. Nuestro propósito es ayudar a la persona a recuperar la libertad y la calma que la ansiedad le ha ido arrebatando.
Cuando el cuerpo vuelve a sentirse seguro y la mente deja de interpretar cada sensación como una amenaza, el corazón comienza a abrirse de nuevo. La atención deja de estar completamente absorbida por la supervivencia y aparecen nuevamente proyectos, relaciones, ilusión y creatividad.
La persona ya no organiza su vida en función del próximo ataque. Empieza a organizarla en función de aquello que realmente considera importante. En nuestra experiencia clínica, esta transformación suele producirse de manera gradual. Al principio los ataques continúan apareciendo, pero la persona deja de vivirlos con el mismo terror. Más adelante se vuelven menos intensos. Después empiezan a espaciarse en el tiempo. Y en muchas ocasiones terminan desapareciendo.
No porque el organismo haya dejado de producir sensaciones físicas, sino porque esas sensaciones ya no desencadenan el círculo de miedo que las convertía en un ataque de pánico. Ese es el propósito de la Psicología de la calma.
No conseguir que el cuerpo nunca vuelva a acelerarse. Sino ayudarte a recuperar la confianza en tu organismo, desarrollar una relación más serena con tu mente y volver a vivir desde la seguridad en lugar de hacerlo desde el miedo.
Porque cuando dejas de sentir que tu propio cuerpo es un enemigo, el mundo también deja de parecer un lugar tan amenazante.
Preguntas frecuentes sobre cómo calmar un ataque de ansiedad o de pánico.
¿Qué diferencia hay entre un ataque de ansiedad y un ataque de pánico?
En el lenguaje cotidiano ambos términos suelen utilizarse como sinónimos, aunque clínicamente se habla con más precisión de ataque de pánico cuando aparece un episodio brusco de miedo o malestar intenso acompañado de síntomas físicos muy marcados. La expresión ataque de ansiedad se utiliza de una forma más amplia y puede referirse tanto a una crisis intensa como a un aumento importante de la ansiedad.
En esta página utilizamos ambos términos porque son las palabras que muchas personas emplean para describir una misma experiencia: la sensación repentina de que el cuerpo se ha descontrolado y de que algo grave está a punto de ocurrir.
¿Cuáles son los síntomas de un ataque de pánico?
Los síntomas más habituales son palpitaciones, aceleración del corazón, opresión o dolor en el pecho, sensación de falta de aire, mareo, temblores, sudoración, náuseas, hormigueo, escalofríos o sensación de calor. También pueden aparecer despersonalización, sensación de irrealidad, miedo a perder el control, miedo a enloquecer o miedo a morir.
No todas las personas sienten exactamente lo mismo. Algunas viven principalmente síntomas cardíacos, otras respiratorios y otras una fuerte sensación de mareo o desconexión. Aunque estas reacciones pueden resultar muy intensas, forman parte de la activación fisiológica del organismo ante una amenaza percibida.
¿Puede aparecer un ataque de pánico sin estar pensando en nada?
Sí. Un ataque de pánico no siempre empieza con un pensamiento consciente. En ocasiones, lo primero que aparece es una sensación fisiológica: el corazón se acelera ligeramente, cambia la respiración, aumenta la temperatura corporal o surge un pequeño mareo. La persona interpreta esa señal como peligrosa, siente miedo y ese miedo incrementa la activación del organismo.
Por eso alguien puede decir que el ataque apareció “de la nada”. Puede que no hubiera una preocupación consciente, pero sí una reacción ante una señal corporal. En terapia suele ser posible descubrir qué sensaciones, contextos o estados de vulnerabilidad preceden a los ataques, aunque al principio no resulte evidente.
¿Por qué una sensación física puede desencadenar un ataque de pánico?
Porque el miedo amplifica la respuesta fisiológica. Si una persona nota que su corazón se acelera y piensa que puede estar sufriendo un infarto, el organismo activa todavía más su sistema de supervivencia. El corazón late con mayor intensidad, la respiración cambia y aumentan la tensión y el mareo. La persona interpreta ese incremento como una confirmación de que realmente está en peligro.
Se crea así un círculo en el que una sensación física genera miedo y el miedo produce sensaciones todavía más intensas. El tratamiento busca romper ese círculo ayudando a la persona a relacionarse de una forma diferente con su cuerpo.
¿Un ataque de ansiedad puede provocar un infarto?
No. Un ataque de ansiedad puede producir sensaciones parecidas a las de un problema cardíaco, como palpitaciones, presión en el pecho o dificultad para respirar. Sin embargo, un ataque de pánico no es en sí mismo un infarto. La activación del corazón forma parte de la respuesta de alarma del organismo y está destinada a prepararnos para reaccionar.
Aun así, un dolor nuevo, intenso, persistente o acompañado de otros signos médicos debe ser valorado por un profesional sanitario. No conviene atribuir automáticamente cualquier síntoma físico a la ansiedad, especialmente si nunca ha sido evaluado o existen factores de riesgo.
¿Puedo dejar de respirar durante un ataque de ansiedad?
Aunque la sensación de falta de aire puede ser muy convincente, durante un ataque de ansiedad la persona no deja de respirar. Con frecuencia ocurre lo contrario: respira de manera más rápida o superficial, lo que puede generar opresión, mareo, hormigueo y la impresión de no poder llenar correctamente los pulmones.
La sensación es real, pero su interpretación suele ser errónea. El organismo está activado, no quedándose sin la capacidad de respirar. Comprenderlo y aprender a relacionarse con esas sensaciones sin aumentar el miedo ayuda a reducir la intensidad de las crisis.
¿Me puedo desmayar durante un ataque de pánico?
Muchas personas sienten que van a desmayarse, pero el desmayo no es lo más habitual en los ataques de pánico. Durante la respuesta de alarma suele aumentar la activación del organismo, mientras que el desmayo generalmente se relaciona con una bajada de la presión arterial.
Esto no significa que sea imposible marearse o perder el equilibrio, ni que cualquier desmayo deba atribuirse a la ansiedad. Cuando existe una pérdida real de conocimiento, es importante realizar una valoración médica para descartar otras causas.
¿Un ataque de pánico puede hacer que pierda el control o me vuelva loco?
El miedo a perder el control o a enloquecer es uno de los pensamientos más frecuentes durante un ataque de pánico. La intensidad de las sensaciones puede hacer que la persona sienta que algo irreversible está a punto de suceder. Sin embargo, este pensamiento forma parte de la propia respuesta de ansiedad y no significa que la persona esté desarrollando una enfermedad mental grave.
Desde la Psicología de la calma trabajamos para tomar perspectiva respecto a estos pensamientos. No intentamos impedir que aparezcan, sino aprender a reconocerlos como interpretaciones producidas por una mente en estado de alarma y no como descripciones fiables de la realidad.
¿Cuánto dura un ataque de ansiedad?
Un ataque de pánico suele alcanzar su máxima intensidad en pocos minutos. Después, la activación empieza a disminuir gradualmente, aunque la persona puede quedarse cansada, sensible o preocupada durante bastante más tiempo. En algunos casos se producen varias oleadas de ansiedad y se vive la experiencia como si hubiera durado mucho más.
Aunque durante el episodio parezca que no va a terminar nunca, el organismo no puede mantener indefinidamente el máximo nivel de activación. La respuesta fisiológica acaba descendiendo.
¿Qué debo hacer mientras tengo un ataque de ansiedad?
Lo más importante es recordar que el organismo está activando una respuesta de supervivencia y que las sensaciones, aunque sean muy desagradables, no significan necesariamente que esté ocurriendo algo peligroso. En lugar de luchar desesperadamente por eliminar cada síntoma, puede ayudar buscar una posición estable, orientar la atención hacia el entorno, permitir que la respiración se vaya ralentizando sin forzarla y recordar que la intensidad acabará disminuyendo.
El objetivo no es ejecutar perfectamente una técnica, sino evitar añadir más miedo a la reacción del cuerpo. Si los síntomas son nuevos, diferentes a los habituales o existe alguna duda médica razonable, debe solicitarse una valoración sanitaria.
¿Es bueno respirar profundamente durante un ataque de pánico?
Respirar puede ayudar, pero forzar inspiraciones muy profundas no siempre es la mejor opción. Algunas personas ya están respirando demasiado rápido y, al intentar coger todavía más aire, aumentan el mareo o la sensación de ahogo.
Suele resultar más útil permitir una respiración suave y cómoda, prestando especial atención a no acelerar el ritmo. La respiración no debería convertirse en una prueba que la persona tiene que hacer bien para evitar el ataque, porque eso puede aumentar todavía más la vigilancia corporal.
¿Por qué tengo miedo de que vuelva a ocurrir?
Después de un primer ataque, la persona aprende que su organismo puede producir una experiencia muy intensa e inesperada. A partir de ese momento comienza a vigilar cualquier señal que pueda anunciar una nueva crisis. Esta ansiedad anticipatoria mantiene el cuerpo en alerta y hace que sensaciones normales se interpreten con mayor facilidad como peligrosas.
El miedo al próximo ataque puede terminar siendo más limitante que los propios ataques. Por eso el tratamiento no se dirige únicamente a reducir las crisis, sino a recuperar la confianza en el cuerpo y dejar de organizar la vida alrededor de la posibilidad de que vuelvan a aparecer.
¿Por qué empiezo a evitar lugares después de sufrir ataques de pánico?
La evitación ofrece alivio a corto plazo. Si una persona tuvo una crisis en el metro, puede dejar de utilizarlo y sentir que así reduce el riesgo. El problema es que esta decisión refuerza la creencia de que el metro era peligroso y de que solo pudo mantenerse a salvo porque lo evitó.
Con el tiempo, la lista de lugares y situaciones evitadas puede aumentar: conducir, viajar, entrar en centros comerciales, hacer ejercicio, alejarse de casa o permanecer a solas. La vida se va estrechando y la persona empieza a depender de determinados lugares o acompañantes para sentirse segura.
¿Qué es una persona de seguridad en los ataques de ansiedad?
Una persona de seguridad es alguien cuya presencia parece reducir el miedo a sufrir un ataque. Puede ser la pareja, un familiar o un amigo al que se llama, se busca o se necesita para realizar determinadas actividades.
Recibir apoyo no es negativo. El problema aparece cuando la persona llega a creer que solo puede estar segura si ese acompañante está presente. Desde la Psicología de la calma trabajamos para que la seguridad no dependa exclusivamente de alguien externo, sino para que la propia persona pueda convertirse progresivamente en su espacio seguro.
¿Es malo evitar las sensaciones que provocan ansiedad?
Evitar todas las sensaciones corporales suele mantener el problema. Algunas personas dejan de hacer ejercicio, tomar café, subir escaleras o exponerse al calor porque estas experiencias aceleran el corazón o modifican la respiración. De esta manera, el cuerpo aprende que esas sensaciones realmente deben ser peligrosas.
La exposición experiencial permite entrar en contacto de forma gradual y segura con esas reacciones, aprendiendo que pueden sentirse sin que ocurra la catástrofe temida. Este proceso debe adaptarse a cada persona y realizarse con especial cuidado cuando existen condiciones médicas.
¿Los ataques de pánico pueden desaparecer?
Sí. En muchas personas los ataques se reducen significativamente y pueden llegar a desaparecer. El proceso suele ser gradual. Primero disminuye el miedo a las sensaciones, después los ataques se hacen menos intensos y finalmente aparecen con menor frecuencia.
La mejoría no consiste en conseguir que el organismo nunca vuelva a producir palpitaciones, mareo o cambios en la respiración. Consiste en dejar de interpretar automáticamente esas sensaciones como una amenaza, de modo que ya no desencadenen la espiral que convertía una reacción normal en un ataque de pánico.
¿Cuánto tiempo tarda en mejorar el trastorno de pánico?
No existe una duración igual para todas las personas. Influyen la frecuencia de los ataques, el tiempo que llevan presentes, el grado de evitación, la existencia de otros problemas psicológicos y las circunstancias vitales de cada caso.
Algunas personas notan cambios importantes cuando comprenden por primera vez el funcionamiento del ataque y dejan de sentir que su cuerpo está averiado. Sin embargo, recuperar plenamente la confianza, reducir la evitación y volver a realizar actividades abandonadas puede requerir un proceso más prolongado.
¿Necesito medicación para los ataques de ansiedad?
No todas las personas necesitan medicación. En algunos casos el tratamiento psicológico puede ser suficiente. En otros, cuando el sufrimiento es muy alto, los ataques son frecuentes o la vida se encuentra gravemente limitada, puede ser conveniente combinar la terapia con un tratamiento farmacológico indicado por un médico o un psiquiatra.
La decisión depende de cada situación. La medicación no debería vivirse como un fracaso ni utilizarse sin supervisión profesional. Puede ser un apoyo temporal dentro de un proceso más amplio destinado a recuperar la autonomía.
¿Los ansiolíticos pueden convertirse en una conducta de seguridad?
Pueden hacerlo cuando la persona siente que no puede afrontar ninguna situación sin llevarlos encima o tomarlos de forma preventiva, aunque no exista una indicación clínica para ello. En ese caso, el medicamento puede empezar a cumplir la misma función que un lugar o una persona de seguridad.
Esto no significa que deba suspenderse de manera brusca. Cualquier cambio en la medicación debe realizarse con el profesional que la haya prescrito. El trabajo terapéutico puede ayudar a distinguir entre un uso médico adecuado y una dependencia psicológica basada en el miedo.
¿Cuándo debo acudir a urgencias?
Conviene solicitar atención médica cuando los síntomas aparecen por primera vez, son diferentes a los ataques habituales, existe pérdida de conocimiento, dolor intenso o persistente, dificultad respiratoria grave o cualquier señal que pueda indicar un problema físico. También deben tenerse en cuenta los antecedentes médicos y los factores de riesgo de cada persona.
Una vez realizadas las evaluaciones necesarias y confirmado que se trata de ataques de pánico, comprender el diagnóstico puede ayudar a reducir las visitas repetidas a urgencias motivadas por el mismo círculo de miedo.
¿Cómo se trabajan los ataques de pánico desde la Psicología de la calma?
La Psicología de la calma pone especial atención en recuperar la seguridad corporal. El primer objetivo es que la persona deje de vivir su organismo como un enemigo imprevisible y pueda comprender sus reacciones como respuestas fisiológicas de protección.
Después se trabaja la relación con los pensamientos de muerte, pérdida de control o locura, ayudando a observarlos con mayor perspectiva. Finalmente, se recuperan las actividades, relaciones y proyectos que el miedo había ido reduciendo. El propósito no es únicamente eliminar los ataques, sino que la persona vuelva a confiar en sí misma y a vivir con mayor libertad.
¿El Programa para vivir en calma en medio del caos puede ayudarme con los ataques de ansiedad?
Puede ser adecuado para personas que quieren comprender sus ataques dentro de un proceso más amplio de recuperación de la calma. El programa trabaja la seguridad corporal, la relación con la mente, la capacidad de sostener las emociones y la reapertura progresiva hacia las relaciones, los proyectos y el sentido vital.
Sin embargo, cuando los ataques son muy frecuentes, existe una limitación grave o es necesario realizar una valoración clínica individual, puede ser más recomendable iniciar o complementar el programa con terapia psicológica y, cuando corresponda, con seguimiento médico o psiquiátrico.
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