Despedida a la iaia Maria

Hace ya mas de una semana que he despedido a mi abuela por última vez. He necesitado unos días para reubicarme y poder escribir este post en forma de homenaje.

Cuando yo nací ella tenía 49 años. ¡Qué joven! Siempre la he sentido como una segunda madre, de hecho, cuando era pequeño estaba enamorado de ella.

Era mi espacio de seguridad, a su lado me sentía tranquilo y en calma. Nos sentábamos en su sofá: yo a su lado; ella, con las manos juntas, moviendo los pulgares en pequeños círculos mientras se los acariciaba. Mi cuerpo se soltaba, se relajaba hasta el último músculo.

No era especialmente cariñosa, pero tenía una presencia que lo llenaba todo. Siempre atenta a que su familia estuviéramos cómodos y no nos faltara comida.

Yo pensaba que mi abuela era rica y mi madre pobre, porque mi madre me ponía límites y mi abuela siempre tenía el monedero en la mano dispuesta a comprarme cualquier merienda o lo que le pidiera. «Déu vos guard» decía al entrar en cualquier tienda.

Una vez, recuerdo que me dijo: “de tus libros me encargo yo, cuando quieras uno me lo pides”. Y yo iba a la librería “Ca la Nuri” con ella y me decía: “Elige el que quieras”. Y yo fascinado trataba de confirmarlo: “¿El que quiera?” Sí, asentía con la cabeza.

Cocinaba de maravilla. Una vez le pedí si podía guardarme un poco de la comida para mi merienda. “¡Claro que sí!” Así que muchas tardes merendaba fideos a la cazuela, patata con verdura o paella. Oooh que delicia.

Con los años nuestra relación fue cambiando, pero ella siempre era paz y calma para mí. Nadie me ha mirado nunca con tan poco juicio.

La iaia Maria era muy católica y una vez me pilló con mi pareja. No dijo nada, y al cabo de unos días le dije: “era mi pareja”. Y me contestó: “Ya vi que te pusiste un poco rojo. El cura dice que Dios es amor, y que todo lo que viene del amor viene de Dios” y sonrió.

Iba a misa todas las semanas, no faltaba nunca. Me mostró su fe sin imponerla, sin dogma. Ella hubiese ardido en el infierno por su familia. Y, paradójicamente, eso la hacía aun más creyente. 

Cuando viajaba le compraba un rosario del lugar. En los últimos años, la espiritualidad se convirtió en nuestro espacio de encuentro. Una vez, un amigo se puso muy malito y ella me dio su rosario. Se lo quitó del cuello y me dijo: ¡dáselo, le irá bien!

Son muchos los recuerdos que invaden mi mente, algunos más íntimos que me quedo solo para mí. En los últimos años fue un poco más difícil, pero cuando sentía dolor pensaba en todas estas cosas que tanto me dio.

Ya hace un tiempo que la hecho de menos. Mi último deseo era que pudiera conocer a mi hijo. Así fue. Tengo un abrazo de ambos: el pasado y el futuro. Una se despide mientras el otro empieza. Y el ciclo de la vida continua. Ahora a mí me toca poner los límites y miro de reojo como mi hijo empieza a disfrutar con sus abuelos y va cultivando ese amor a fuego lento que solo se puede tener con ellos.

Todo en su sitio y yo, en otro lugar.

Que descanses en paz iaia Maria.
OM AMI DEWA HRI

Isaac Palomares

Psicólogo sanitario (número de colegiado 24.677) y tengo una experiencia de 15 años dedicándome a la relación de ayuda. También estudié coaching y periodismo.

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