El otro día entraba yo en un centro de yoga a impartir una formación y salía una profesora con dos alumnas.
Se dieron un breve abrazo de despedida.
«Tiene que ser de 8 segundos mínimo para la oxitocina» – les dijo la profesora.
Yo, que soy muy prudente, me quedé callado, pero con ganas de decirles: «no hay que optimizarlo todo, es un abrazo, que siga siendo un abrazo y no un conjunto de instrucciones, una tarea que realizar correctamente, un deber moral o un acto de egoísmo para conseguir activar la oxitocina propia».
Me hizo pensar. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Queremos estar en todo, conseguirlo todo rápido y pasar al siguiente objetivo.
Esto nos deshumaniza.
Dejas de ver un abrazo para ver una forma de hacer crecer la oxitocina.
Dejas de quedar con tus amigos para mantener los vínculos.
Dejas de disfrutar con tu hijo para tener una crianza respetuosa.
Dejas de leer para estar formándote.
Dejas de hacer deporte para ejercitar el cuerpo.
Dejas de divertirte para hacer una pausa.
Quizá por eso hay personas que hacen yoga, meditan, leen y siguen sintiendo que algo no termina de encajar.
Porque no es lo que hacen, sino cómo lo hacen.
¿En qué momento convertimos la vida en una tarea?
¿En qué momento dejamos de vivir para cumplir responsabilidades?
¿En qué momento la eficacia sustituyó nuestra humanidad más bonita?
Hace muchos años que trabajo en comunidad y hace unos meses esa experiencia tomó una forma más clara: la Comunidad Esmeralda.
Al principio quise llenarla de contenido, hacerla eficaz. Pero luego me di cuenta de que lo que la gente más valoraba era ser una red de apoyo, un refugio en el que encontrar calma y recordar, cuando la vida hace que te pierdas, que podemos ser refugio sin tanto esfuerzo ni artilugio.
Que sea en beneficio de todos.
Te abrazo,